150 x 120 cm. Pigmentos, acrílico, óleo y pan de plata sobre lienzo
Dos fotografías antiguas me han impactado recientemente, la del Duero antes de la construcción de las presas y la de Machado junto a sus compañeros de Instituto.
La una por la belleza abrupta del río y la otra por el aire bohemio, moderno del joven poeta en comparación con sus relamidos colegas. Recuerdo la anécdota familiar de Teodosia, amiga de mi abuela María, que narraba como ella y Leonor, de niñas, importunaban al excéntrico y despistado poeta cautivadas por su diferencia.
Siempre lo vemos representado como el pausado señor de cincuenta que vino un día a ser nombrado hijo adoptivo de Soria en 1932, pero el Machado que vivió en nuestra tierra en 1907, era un joven atractivo que triscaba enérgico por los cerros que atraviesa el río, susurrando sus versos con un suave acento andaluz, rendido ante la belleza fría de una tierra tan diferente a la suya. Mi obra es tenue, desvaída, el bello poeta en grises se funde con el paisaje, que metálico le atraviesa el corazón. ”…Yo tuve patria por donde corre el Duero…” escribirá después, esperando por siempre que quizá la primavera, tal vez, solo tal vez, le rescate de la tristeza.
